Erase una vez tres cabras que querían subir hasta la cumbre de la montaña para poder encontrar hierba que les hiciera engordar. El nombre de las tres cabras era “Gruff”.

En mitad del camino hasta la cumbre, había un puente que pasaba por encima de una zona quemada que los cabritos debían atravesar, y por debajo del puente vivía un gran troll bien feo. Sus ojos eran tan grandes como platos y su nariz tan larga como un palo de hierro para atizar la lumbre.

En primer lugar, llegó la cabra más joven Gruff a atravesar el puente.
Trip, trap, trip, trap, crujía el puente…

“¿Qué es ese crujido que suena por encima de mi puente?”, gritó el troll

“¡Oh! Sólo soy yo, la pequeña cabra Gruff. Voy de camino a la cumbre de la montaña para ponerme gordita con la hierba que comeré”, dijo la cabrilla con un tono de voz asustado.

“¿Ah, sí?, pues subiré a comerte ahora mismo”, dijo el Troll.

“¡Oh, no! Por favor, no me comas. Soy demasiado pequeña.” Contestó la cabrita. “Espera un poco hasta que la segunda cabra Gruff llegue, ella es mucho más grande que yo”.

“Bien, te dejaré pasar”, contestó el Troll.

Un rato después, llegó la segunda cabra Gruff para atravesar el puente. Trip, trap, trip, trap, crujía el puente…

“¿QUÉ ES ESE CRUJIDO que suena por encima de mi puente?”, volvió a gritar el troll

“¡Oh! Sólo soy yo, la segunda cabra Gruff. Voy de camino a la cumbre de la montaña para ponerme gorda con la hierba que comeré”, dijo la cabra con un tono no tan juvenil.

“¿Ah, sí?, pues subiré a comerte ahora mismo”, dijo el Troll.

“¡Oh, no! Por favor, no me comas.” Contestó la cabra. “Espera un poco hasta que la tercera cabra Gruff llegue, ella es mucho más grande que yo”. “Bien, te dejaré pasar”, contestó el Troll.

Un rato después, llegó la tercera cabra Gruff para atravesar el puente. TRIP, TRAP, TRIP, TRAP, crujía el puente… La tercera cabra era tan pesada que el puente chirriaba estridentemente bajo sus patas. “¿QUÉ ES ESE CRUJIDO que suena por encima de mi puente?”, volvió a gritar el troll.

“¡SOY YO!, LA CABRA MAYOR GRUFF,” contestó el macho cabrío, que tenía un feo y ronco tono de voz.

“¿Ah, sí?, pues subiré a comerte”, dijo el Troll. “¡Bien, ven ahora mismo! Tengo dos grandes y afilados cuernos, e hincaré tus dos ojos y tus dos feas orejas. Te romperé en cachitos el cuerpo y los huesos.”

Esto es lo que el macho cabrío mayor contestó. Se quitó al Troll de en medio, le quitó los ojos con sus cuernos, y le hizo añicos el cuerpo y los huesos, lanzándolo al terreno quemado. Después de esto, continuó su camino hasta la cumbre de la montaña. Una vez allí, se reencontró con las otras dos cabras, que estaban tan gordas que apenas podían moverse ni bajar cumbre abajo para regresar a sus casas.

Desde ese día, ningún troll importunó a las cabras en su camino de vuelta. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado…

Moraleja a la española: “Más vale pájaro en mano que ciento volando”.